El fútbol y las pibas: ¿un espacio ganado o cedido?

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Entre pertenecer al mundo futbolero de los varones y crear sus propios espacios de sororidad, las pibas le dicen “no” al patriarcado, se calzan los botines, la camiseta y salen a la cancha.
Desde hace ya algunos meses, los medios hegemónicos de comunicación nos intentan imponer qué es ser una mina copada. En referencia al concepto podemos citar un artículo de opinión, publicado por Clarín en octubre del corriente año, llamado El manual ideal de una mina copada (https://www.clarin.com/opinion/manual-ideal-mina-copada_0_H1OUiBa6-.html)
Esta pieza de colección de los tantos manifiestos que refuerzan y reproducen los estereotipos de género en nuestra sociedad, se dirige e intenta interpelar a una minita “copada y cool”, de clase media, joven, sin hijos, con autonomía económica y la mayoría de los problemas de supervivencia básica resueltos; una suerte de adaptación al feminismo capitalista y colonial que nos propone el patriarcado renovado de estos tiempos.
Sin embargo, me preguntaría qué es ser una minita copada en los barrios o, mejor dicho, una piba copada de barrio. Enseguida me viene a la mente el fulbito mixto: una de las cosas que los varones más jóvenes nos permiten hoy a las pibas. En el barrio, a las pibas copadas nos permiten que juguemos al fútbol con ellos, que vayamos a la cancha con ellos, que seamos fanáticas de un club como ellos, y hasta que nos sentemos los domingos en el sillón a gritar los goles con ellos.
Los hombres alardean con sus amigos de “lo copada” que es la piba que no les rompe las bolas cuando ellos miran el partido, porque comparten ese espacio juntos que, por mandato social, les pertenece a ellos.  Y comentan en el laburo “lo copada” que es su novia por ir con sus amigas a jugar al fulbito con ellos. En esta trama patriarcal, les ceden espacio a las mujeres, las hacen partícipes de su pasión y ellas se adaptan desde el propio sistema, muchas veces sin cuestionar nada. Las pibitas copadas de los barrios con frecuencia se acoplan, pero no cuestionan, y pueden caer en la trampa de creer que es un espacio ganado, cuando en realidad es un espacio cedido. 
Hasta aquí hablamos de aquellas mujeres que viven su pasión por el fútbol en la cancha -cuando van a ver a su equipo-, cuando siguen el torneo local con mucha dedicación y también cuando lo practican en la canchita del barrio junto con la banda de pibes con los que “paran”; sin embargo, muchas mujeres que son fanáticas del fútbol y que tienen la más amplia variedad de casacas deportivas con la insignia del club del que son hinchas, nunca se animaron a jugarlo. En el mejor de los casos, participaron de algún partido mixto con sus amigos haciendo de poste, tal como se suele decir.  Ahora bien, aquí surge un interrogante: ¿por qué todas esas chicas jamás han tenido el interés, la curiosidad o la voluntad de jugar al fútbol con otras mujeres? Ese deporte tan hermoso del que tanto hablan ellas y que es tan significativo para la cultura popular de nuestro país. Es importante aclarar que no es la idea en este artículo saldar este interrogante de manera definitiva. Pero, es evidente que estas situaciones por demás contradictorias entre las pibas y su pasión por el fútbol, no es obra de la naturaleza.
Desde nuestra experiencia social, podemos enumerar infinitos condicionantes de género que nos alejan a las mujeres de poder vincularnos con este deporte desde otro lugar, es decir, como protagonistas de un juego que se considera violento, de roce o choque, para el que hay que tener fuerza. Podemos empezar por los juguetes sexistas que se regalan en el entorno familiar -como estrategias de socialización al servicio de una matriz heterosexual y binaria-: al nene se le regala una pelota y a la nena una muñeca. También sucede en la escuela, donde las actividades deportivas se practican por separado: por un lado, los varones y por el otro, las mujeres, y siempre con un deporte asignado según el género (fútbol para ellos, handball para nosotras). Por último, también encontramos barreras en nuestro entorno social urbano: los clubes de barrio. Hoy, estas instituciones y sus ligas deportivas regionales no son muy receptivas de la participación de las mujeres en los deportes en general, ni en el fútbol en particular. En las ligas de fútbol infantil con suerte podemos encontrar un equipo donde participe una mujer, en alguna categoría.
Resulta interesante citar el testimonio de una mujer que ha vivido su pasión por el fútbol con diferentes matices. Esta hincha fanática de Boca Juniors y de un club del ascenso, ubicado en el corazón de su barrio, cuenta que su primer acercamiento a este deporte fue atajando para sus dos hermanos varones. Y digo para como sinónimo de “al servicio de”, pues su función en cuanto a lo futbolístico era la de “ocupar el arco” para que sus hermanos pudieran practicar sus tiros y jugadas, para luego impresionar a sus amigos en un partido de verdad.  Para ella, ser una piba copada empezó así. Tenía que estar a disposición para obtener un lugar en el espacio que les pertenecía a sus hermanos varones. Nunca la tuvieron en cuenta de igual a igual, no era algo inclusivo sino un modo servil. Las pibas copadas, si quieren “pertenecer” o “vincularse” en esos espacios que desean pero que la sociedad legitima para ellos casi con exclusividad, deben tener la predisposición de responder y respetar las demandas y las reglas de juego del varón.
Pero eso no es todo, también nos relata en primera persona lo que vive una piba de barrio a la hora de ir a la cancha con los pibes, para alentar a su club. El primer lugar que frecuentó desde joven fue la cancha de Boca; sin embargo, siempre se sintió condicionada porque debía tener una preparación especial para eso. Cada vez que iba a la cancha tenía que planificar muy bien cómo vestirse, decidir si maquillarse o no, pensar si se arreglaba demasiado. Porque ir a la cancha con un grupo de pibes significa que “vas a buscar machos, a hacerte la linda”.
– “¿A qué venís a la cancha?” se preguntan ellos. “Si a las mujeres no les interesa el fútbol, no saben nada.”
– “Si vas a la cancha y te vestís bien, sos una puta que viene de levante” era, según ella, la opinión de los varones.
La sola presencia de una mujer ahí es un contraste con el paisaje de machos que aman el futbol “de verdad”. Si va a la cancha, su lugar es subsidiario, el espacio no le pertenece. Por lo tanto, cada vez que esta piba de barrio se prepara para ir a la cancha, se pregunta: – “¿Qué mierda me pongo? Mejor me visto como ellos, me calzo un jogging, casaca y gorrita”. Claro, ella no quiere ocupar el lugar que ellos le quieren dar: el de puta, que busca chabones. Ésta es entonces la única estrategia concreta que encuentra para evitarlo. Todo esto resulta muy injusto, porque lo que en realidad sucede cuando una piba va a la cancha es que son ellos los que te quieren levantar. En muchas ocasiones, se vive un constante acoso o manoseo. Te quieren hacer pagar el precio por atreverte a ir a la cancha y meterte en la tribuna donde está la hinchada. A pesar de esto, su respuesta nunca es pasiva: la situación siempre se transforma en puteadas, enojos y muchas ganas de terminar con esas sistemáticas injusticias.
Hoy en día esta piba es una excelente arquera – la pude ver en acción en un partido- y para ir a la cancha tiene un grupo de pertenencia que le costó muchísimo construir, pero ya no está sola. De cualquier manera, los test de “a ver cuánto sabes de tu equipo” son pruebas que no se terminan nunca. Una siempre tiene que rendir examen de su pasión. Ese entramado de experiencias que la atraviesan como mujer futbolera, hoy la empoderan, ella las utiliza y las resignifica. En la actualidad, aunque no juega seguido, cada vez que lo hace ese espacio le pertenece, es suyo: el fútbol que juega es entre las pibas.
Así, en casi todo aspecto de nuestra vida social, donde lo personal es político, las mujeres hemos aprendido de nuestra capacidad de organización para poder ocupar esos espacios que nos son injustamente negados por el patriarcado. El fútbol femenino es un ejemplo de ello. Nos organizamos juntas, sororas, para jugar al futbol. Ese fútbol que entre mujeres no se practica, se ejerce. Lo llamamos futbol feminista y llegó para quedarse.

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