Francisco, a un año de su partida física: Un pastor con olor a oveja

En la villa, el silencio no es total, nunca lo es, pero hay algo distinto esa tarde. No es una misa más ni una jornada cualquiera. Hay mate, hay chicos corriendo, hay una olla que hierve lento, un cielo que llora y, en una pared descascarada, una imagen de Jorge Mario Bergoglio sostiene la escena como si todavía estuviera ahí. Nadie dice “el Papa”. Para muchos sigue siendo “el Padre Jorge”, el que caminaba sin custodia, el que se sentaba a escuchar, el que no preguntaba de dónde venías sino qué te estaba pasando.

(21-04-2026 El Numeral) A un año de su muerte, Francisco no se deja encerrar en el Vaticano ni en los manuales de historia. Su legado circula, incomoda, se mete en las discusiones políticas, en los debates económicos, en la vida concreta de millones que nunca pisaron una iglesia pero repiten alguna de sus frases como si fueran propias. Porque Francisco habló desde un lugar que no es frecuente en los liderazgos globales: habló desde abajo.

Su historia empieza en Buenos Aires, en Flores, en una casa de clase trabajadora atravesada por la cultura del esfuerzo, la familia y una religiosidad sencilla, sin estridencias. Antes de ser sacerdote fue técnico químico, y ese dato no es menor, porque hay en su pensamiento una mezcla de precisión y pragmatismo que nunca abandonó. Cuando entra a la Compañía de Jesús, en los años cincuenta, la Iglesia todavía era una estructura vertical, poco permeable a los conflictos sociales. Pero Bergoglio ya estaba mirando otra cosa: la realidad concreta.

Los años setenta lo encuentran en un país atravesado por la violencia política, el terrorismo de estado, la persecución y el miedo. Como provincial de los jesuitas, su figura quedó marcada por su acción, caracterizado por una postura de bajo perfil público, gestiones silenciosas para proteger a perseguidos y tensiones internas en la Compañía de Jesús. En esta etapa ayudó a esconder personas y facilitar su salida del país.

Es en los años posteriores, ya en democracia, cuando su perfil se vuelve más nítido: un pastor que entiende que la fe sin territorio se vuelve abstracta. Como arzobispo de Buenos Aires, rompe la lógica de la Iglesia de escritorio y trasciende al barro. Recorre villas, fortalece el trabajo de los curas villeros, celebra misa en capillas precarias y construye una red pastoral que no se basa en la caridad asistencial sino en la dignidad.

Cuando en 2001 Juan Pablo II lo nombra cardenal, Bergoglio ya es una figura relevante, pero no encaja del todo en la estructura clásica de poder eclesiástico. En plena crisis argentina, sus homilías en la Catedral de Buenos Aires funcionan como diagnósticos políticos en clave religiosa. Denuncia la desigualdad, cuestiona la concentración de la riqueza, advierte sobre una sociedad que empieza a expulsar a los más débiles. Años más tarde, ya como Papa, esa idea se volverá una frase global:

“Así como el mandamiento de ‘no matar’ pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’. Esa economía mata.”
(Evangelii Gaudium, 2013)

El 13 de marzo de 2013, tras la renuncia de Benedicto XVI, el mundo asiste a un hecho histórico: por primera vez, un Papa latinoamericano, jesuita y argentino. Elige llamarse Francisco, y en ese gesto hay una síntesis de su programa. No es un nombre, es una declaración. San Francisco de Asís, pobreza, humildad, cercanía con los últimos.

Desde el inicio rompe la escenografía del poder: rechaza los lujos, decide vivir en Santa Marta, habla en un lenguaje llano y directo. Pero lo más importante no es el estilo, es el contenido. Francisco desplaza el centro de gravedad de la Iglesia. Ya no se trata solo de doctrina, sino de realidad. Ya no se trata solo de moral individual, sino de estructuras injustas.

En Laudato si’, su encíclica más influyente, plantea una crítica integral al modelo de desarrollo:

“El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos.”

Y en Fratelli tutti, profundiza su mirada social con una frase que se vuelve consigna global:

“Nadie se salva solo.”

No habla en abstracto. Nombra responsables. Señala al capital financiero, a la lógica del descarte, a la indiferencia globalizada. Y al mismo tiempo construye puentes con movimientos sociales, organizaciones populares, trabajadores informales. En esos encuentros, lejos del protocolo diplomático, se lo ve cómodo, en su elemento.

Ahí aparece una de las claves para entender por qué, en la Argentina, muchos lo definen como “un Papa peronista”. No porque haya militado en un partido, sino porque su pensamiento dialoga con una tradición política que pone en el centro la justicia social, el trabajo y la dignidad del pueblo. Su formación en la teología del pueblo —una corriente propia del pensamiento latinoamericano— refuerza esa idea de que el pueblo no es objeto de asistencia sino sujeto de transformación.

En ese punto, la comparación con Enrique Angelelli no es casual. El obispo de La Rioja, asesinado durante la última dictadura, decía que había que tener “un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”. Francisco, sin repetir la frase como consigna, la encarnó durante toda su vida. Como Angelelli, entendió que la fe no puede desentenderse de la injusticia, que la neutralidad frente al sufrimiento es una forma de complicidad y que la Iglesia, si quiere ser fiel a su mensaje, tiene que asumir conflictos.

Angelelli pagó con su vida ese compromiso. Francisco, en otro tiempo histórico, pagó con resistencias internas, críticas feroces y tensiones dentro de la propia Iglesia, que no pudieron detener su transformación. Porque su pontificado no fue cómodo. Abrió debates, cuestionó privilegios, empujó reformas que todavía hoy generan disputas.

Pero también dejó algo que excede a la institución. Dejó una forma de mirar el mundo. Una forma de nombrar lo que duele. Una forma de decir que la pobreza no es un accidente sino el resultado de decisiones políticas.

A un año de su muerte, su legado no se mide en unanimidades sino en impacto. En la incomodidad que generó en los poderosos. En la esperanza que despertó en los márgenes. En esa capacidad, cada vez más escasa, de hacer visible lo que muchos prefieren no ver.

En una época atravesada por la indiferencia, Francisco eligió implicarse. Y en esa elección, profundamente política y profundamente espiritual, dejó una huella que no se borra con el tiempo.

Porque, como Angelelli, entendió que el Evangelio no se escucha en silencio. Se escucha en el ruido del mundo. Y ahí, en ese cruce entre fe y pueblo, construyó su lugar en la historia. Fue un Pastor con olor a oveja dejando un legado imborrable en la humanidad.

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