INDIO ETERNO
Pasó a la inmortalidad el artista que convirtió al rock en identidad popular y que nunca se calló ante las contradicciones de la sociedad argentina.
La muerte de Carlos Alberto Solari, el Indio, cierra uno de los capítulos más trascendentes de la cultura popular argentina. A los 77 años, tras una larga batalla contra el Parkinson, se apagó físicamente una de las voces más influyentes de la historia del rock nacional. Pero su legado, construido durante décadas al frente de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y luego junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, seguirá resonando en millones de argentinos que encontraron en sus canciones una forma de interpretar el mundo.
El Indio fue mucho más que un músico. Fue un fenómeno social. Un narrador de los márgenes. Un poeta que logró que miles de jóvenes, trabajadores y sectores populares encontraran en sus letras una mirada crítica sobre el poder, el neoliberalismo, la desigualdad y las contradicciones de la sociedad argentina.
Desde los años ochenta, cuando Los Redondos comenzaron a construir una mística única al margen de la industria cultural, Solari encarnó una rara combinación de artista masivo y figura esquiva. Mientras otros buscaban cámaras y programas de televisión, él cultivó el misterio. Sus declaraciones eran escasas, pero cuando hablaba dejaba definiciones políticas contundentes.
Criado en una familia peronista y con una mirada crítica sobre las derechas contemporáneas, el Indio nunca ocultó su simpatía por los gobiernos populares. En distintas entrevistas reivindicó la participación política de los jóvenes y expresó afinidad con el kirchnerismo, al que consideraba una experiencia capaz de ampliar derechos y reconstruir parte del tejido social devastado por las políticas neoliberales.
Su vínculo con la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner estuvo atravesado por una evidente cercanía ideológica. Solari valoró públicamente varias de las políticas impulsadas durante los gobiernos kirchneristas y cuestionó con dureza los proyectos políticos que promovían ajustes económicos y exclusión social.
Esa relación se volvió particularmente visible durante los años posteriores a 2015, cuando el cantante advirtió sobre el avance de discursos de odio y sobre los riesgos de la fragmentación social. Desde su lugar de artista popular, mantuvo una posición crítica frente a los poderes económicos concentrados y sostuvo una mirada cercana a las tradiciones nacionales y populares.
Sin embargo, el Indio nunca fue un dirigente político. Su territorio fue siempre el arte. Y allí construyó una influencia que ningún partido logró igualar. Sus recitales fueron mucho más que conciertos: verdaderas peregrinaciones multitudinarias que reunían a cientos de miles de personas provenientes de todos los rincones del país. Una liturgia laica donde convivían trabajadores, estudiantes, militantes, familias enteras y jóvenes que encontraban en el universo ricotero una identidad propia.
Con su muerte se va de este plano uno de los últimos grandes símbolos culturales surgidos desde abajo, lejos de los laboratorios del mercado y de las lógicas del espectáculo tradicional.
La despedida ocurre además en un contexto político atravesado por fuertes tensiones sociales y económicas.
Quizás allí resida una de las claves para entender la dimensión de su figura. El Indio nunca pidió que lo siguieran. Nunca construyó una estructura. Nunca buscó liderar nada. Pero logró algo mucho más difícil: convertirse en una referencia cultural capaz de atravesar generaciones enteras.
Se fue el artista. Queda la obra. y su lucha, su pensamiento.
Y también queda una pregunta abierta para la Argentina de hoy: quién ocupará ese lugar desde donde la cultura popular vuelva a discutir el sentido común dominante, interpelar al poder y poner en palabras aquello que millones sienten pero no siempre pueden decir.
Murió el Indio Solari.
Pero la historia que ayudó a escribir seguirá cantándose en cada esquina donde todavía sobreviva la rebeldía. Donde haya una misa.
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