No quiero ver la cara de ella

Cada 30 horas en Argentina hay un femicidio. En la última década contamos más de 2600 asesinadas. El 93% tenían relación con su femicida: pareja, expareja, familiar o conocido.

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Cada 30 horas hay alguien que no habla más, que no grita. Hay un corazón que se paraliza y hay algún niño o niña que pierde a su madre. Según la Casa del Encuentro, hay más de 3300 niñas, niños o adolescentes víctimas colaterales un femicidio. Y un 66% es menor de edad.

Un promedio de 260 muertas por año. Hay un promedio de 1,1 femicidios cada 100000 mujeres. Se eleva a 2,7 en el norte del país. Hay un 80% de asesinatos en el ámbito privado, ahí donde nos enseñaron “no nos tenemos que meter”.  Y un 72% dentro de la casa de la propia víctima.

El 75% fueron asesinadas por un familiar, pareja o ex pareja. Entre números y estadísticas, el mayor grado de vulnerabilidad se da entre los 19 y los 30: 30,9%.

Nos descartaron de la libertad de decidir sobre nuestra vida, sobre nuestro cuerpo y nuestro trayecto. Como material descartable, encontramos mujeres en los basureros, debajo de cemento fresco o tiradas en un río.

Hablamos de Melina Romero, hablamos de Ángeles Rawson, Lola Chomnalez, Micaela García, Araceli Gonzalez, Lucía Perez.  Hablamos de cada una de ellas, sabemos muy vagamente su vida, de algunas más y de otras menos. De muchas reconocemos sus caras, de otras qué hizo antes de morir. Sabemos si iban a bailar, si habían dejado el colegio o si le mentían a la madre para hacer tal o cual cosa. Sabemos todo de ellas. Pero, ¿cuántos femicidas les reconocemos las caras? ¿Y sus nombres?

Las mujeres asesinadas recorren los portales y medios de comunicación. Las vemos y sentimos pudor porque, al final, un poco se lo buscaron. Nos preguntamos por qué no se fueron a tiempo, por qué vulneraron a sus hijos o hijas. Nos preguntamos por qué no se fueron cuando él le dio su primera paliza. Preguntamos por qué se quedó cuando él ya la había violado. Lo preguntamos desde acá, desde la comodidad de quienes opinan sin el riesgo ni la amenaza de morir o ver morir a alguien de nuestra familia.

Sabemos que Soledad asesinó a su violador. Lo sabemos y, como hace la Justicia, preguntamos qué tanto se pudo defender. Preguntamos por qué dejó a su hija sentarse adelante cuando él era violento. Preguntamos por qué dio dos vueltas con el cordón. Dudamos de su palabra. Dudamos de las huellas que le quedaron por ser violada una y otra vez. Una y tantas veces. Lo preguntamos y caemos en la monótona idea de que podes defender a tu hija de otra forma. “¿Por qué no se fue? Al final le gustaba que le pegaran.”

¿Cuántas veces cuidaste a alguien que querías mucho al precio que sea necesario? ¿Cuántas veces sentiste que no eras lo suficientemente fuerte para enfrentar a tu violador? ¿Y cuántas, cuántas más sentiste la voluntad y el deseo de proteger a lo que más querés en la vida?

Sabemos todo de todas. Pero de ellos no sabemos nada.

La impunidad no es solo judicial, también es mediática y social.

Nunca más un femicida sin cara. Nunca más una víctima revictimizada y culpabilizada.

Cambiemos las formas y las preguntas. No quiero ver la cara de ella.

 

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